Las emociones. Parte 2

 




Las emociones. Parte 2.


Sé que la publicación anterior sobre este tema fue larga, no te culpo, hoy día cuesta leer posts muy largos. Por eso quise hacer una versión más resumida esperando en Dios que te bendiga tanto como a mí:


Las emociones son impulsos que inducen a la acción.


El ser humano fue diseñado por Dios con esta característica de experimentar y mostrar emociones. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, como vemos en Génesis 1:27 que dice así: “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios.” (NVI)


Ninguna emoción es mala en sí misma. Si fuera así, Dios no nos habría diseñado como seres emocionales. Recordemos que todo lo que Dios creó es bueno y hermoso. 


Es muy frecuente escuchar las siguientes frases: “me haces enojar”, “me haces renegar”, “me haces entristecer”. Muchas personas se expresan de esa manera. Aprendemos a hablar así de nuestros padres, de nuestro entorno y lo vamos transmitiendo generacionalmente.


Esta forma de comunicarse demuestra una actitud que dice: “no soy responsable de mis emociones”. Conlleva también el darle a la otra persona el poder de generar en nosotros ciertos comportamientos producto de las emociones que nos causan. 


La Biblia nos enseña en Gálatas 6:4-5 que somos responsables de nuestra propia conducta, esa conducta a la que nos mueven nuestras emociones. No puedo culpar al otro de lo que hago cuando me siento enojado, por ejemplo. No puedo culpar al otro de no ser feliz o de estar triste.


Dios nos ha dado emociones y somos responsables delante de Él de cómo las gestionamos y de qué hacemos al respecto.


Comprendiendo esto, puedo dejar de usar frases como “le grité porque me hizo enojar” o “fui grosero porque me hizo tal cosa”. Cuando le quitamos el poder sobre nosotros al otro, nos hacemos responsables de lo que hacemos. Así podemos ser más cuidadosos en la manera de expresar emociones difíciles, de formas que no nos lleven a pecar.


Es momento de que medites delante del Señor: ¿Has estado culpando a otros por tus emociones? ¿Te has sentido culpable de las emociones de otros? Cuando reaccionas de manera agresiva ante el enojo, por ejemplo, ¿culpas a la otra persona?


Toma un tiempo con Dios para pedirle perdón por aquellas veces que dejaste que otras personas influyeran en tus emociones, culpándolos por tu conducta.


Pídele a Dios que te ayude a ser responsable de tus emociones para luego saber qué hacer con ellas.


La presencia de Dios es el lugar correcto a donde llevar nuestras emociones, especialmente las difíciles. Derramar mi alma delante de Él, llorar en su presencia, llevar mi causa delante de Él, sean quejas, frustraciones, miedos; lo cambia todo. 


Cuán transformador es saber que Dios no se asusta de mis emociones, que Él las entiende tan bien que me recibe con brazos abiertos, que me acaricia con su paz, toma mis cargas, preocupaciones, frustraciones, toma mi enojo y no me juzga. A cambio, Él me da paz y gozo, transforma aquello que me agobiaba en una nueva manera de ver las circunstancias. En su presencia, soy transformada y libre para expresarme.


El enojo es una de las emociones más complejas de gestionar y de expresar de manera adecuada, muchas personas creen erróneamente que el enojarse constituye un pecado. Sin embargo, Dios nos dice en su Palabra que si nos enojamos, no pequemos. Nos advierte que no debemos dejar que el enojo permanezca mucho tiempo en nosotros.


Es importante expresar nuestras emociones, cualesquiera que sean, sin que nuestra conducta lastime a los demás. El guardar las emociones, sin llegar a expresarlas correctamente, puede traer enfermedades del alma y del cuerpo. 


Dios desea que aprendamos a expresar nuestras emociones, primero delante de Él, sabiendo que no nos va a rechazar y luego con las personas con quienes nos relacionamos, hablando en amor que es el vínculo perfecto.


Es importante recordar que las emociones no deben dominarnos. Por el contrario, debemos entregar el control de todas ellas al Espíritu Santo. Él nos dará un fruto apacible para manifestarlas en amor a quienes nos rodean. Por ejemplo, una vez que entrego a Dios el enojo que estoy sintiendo hacia alguien, luego puedo hablar con esa persona (ya no gritarle) y explicarle lo que siento (puedo reconocer mi emoción), expresando qué causó ese enojo. Así, cumpliremos el mandato del Señor: “enójense, pero no pequen”. Podremos ser amables unos con otros.


"Los hábitos son cosas que aprendemos a hacer mediante la repetición y que finalmente hacemos ya sea inconscientemente o con muy poco esfuerzo. Primero formamos hábitos y después ellos nos forman a nosotros. Somos lo que hacemos repetidamente. No se engañe al pensar que usted sencillamente no puede evitar lo que hace, porque lo cierto es que puede hacer o no hacer cualquier cosa si realmente lo quiere."


Siguiendo esta idea, lograremos formar un muy buen hábito si seguimos esta secuencia: primero somos intencionales en responsabilizarnos de nuestras emociones, luego vamos delante de la presencia de Dios a presentar nuestra alma y le hablamos de nuestras emociones; entonces entregamos al Señor el control de ellas y finalmente las expresamos adecuadamente a nuestro prójimo. 


Si repetimos esto una y otra vez, estaremos estableciendo un hábito nuevo en la manera de administrar nuestras emociones. Estaremos sometiéndonos al Espíritu. En suma, ya no seguiremos los deseos de nuestra carne y de nuestra antigua naturaleza en esta área.


Hoy puedes decidir seguir manejando tus emociones a tu manera, como aprendiste a hacerlo de tu entorno, o reaprender a gestionarlas como Dios nos ha enseñado.


Parte del reenfoque de las emociones está en la gestión de buenas emociones, tales como la alegría, el gozo.

A nuestro alrededor, la tendencia es mirar a la felicidad como un destino, como objetivo y meta en nuestro paso por este mundo. Esta manera de enfocar la vida genera frustración al no alcanzar la tan codiciada “felicidad” o sentir que, cuando se la alcanza, ésta se escapa de las manos. 


La alegría se encuentra supeditada a circunstancias externas, si me va bien estaré alegre, si me va mal, no lo estaré.


Hoy te invito a centrarnos en la vida de Jesús. Él, como nosotros, experimentó tristeza, ansiedad, enojo, pero también dentro de su humanidad, experimentó gozo, alegría, felicidad, satisfacción. Esa alegría era motivada por cumplir su propósito: dar vida a los perdidos, hacer la voluntad de su Padre, darse a conocer al mundo, amar y servir a los demás.


Imitemos el ejemplo de Jesús de enfocarnos en hacer la voluntad de Dios para nuestras vidas, de encontrar el propósito para el que fuimos diseñados y, a partir de ello, amar y servir a los demás, llevando el evangelio a otros, para que puedan conocer a Jesús y conectarse con Él.


Cuando la fuente de nuestro gozo es Cristo, no importarán las circunstancias que atravesemos, mantendremos esta actitud de alegría en la vida. Ya no perseguiremos la felicidad como un destino, sino como un trayecto, como estilo de vida, conectados a la fuente de gozo, Dios mismo. 


Pronto compartiré otro escrito contigo. 💓


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